bicicletas y triciclos son parte de la vida cotidiana de los yucatecos

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Existe un viejo mote para referirse a las poblaciones pequeñas cuyo paisaje es predominantemente rural: pueblo bicicletero. El tránsito abigarrado de bicicletas y triciclos no solo separa a dichas poblaciones de las grandes ciudades sino, dicho sea de paso, se convierte en un marcador de clase. Así lo dejó entrever a principios de enero, Michel Salum Francis, representante de la Canaco Servytur, al expresar que las ciclovías que está construyendo el Gobierno del Estado resultan inconvenientes porque las personas llegarían “olorosas” a sus trabajos.

Sería injusto omitir que Salum Francis también expuso la preocupación por las dificultades para estacionarse en Paseo de Montejo, con las consecuentes afectaciones al turismo, y el “estrangulamiento” de las vialidades de Mérida, cuyo parque vehicular crece incesantemente. En ese sentido, el líder empresarial ha expresado el sentir de sus agremiados. No obstante, sus declaraciones evidencian la gran brecha entre las necesidades de movilidad de la clase trabajadora y la clase empresarial.

Nadie debería objetar un plan de movilidad que fomenta el uso de la bicicleta como medio de transporte: es económico, ecológico y práctico. De acuerdo al Censo 2020 del INEGI, Yucatán es la entidad con el mayor porcentaje de hogares que cuenta con una bicicleta (39.3%), por encima de aquellos que cuentan con algún vehículo motorizado (38.5%). Pero esto no es consecuencia de la historia reciente, sino de la gran aceptación que ha tenido la bicicleta en Yucatán, desde su llegada a finales del siglo XIX.

En Mérida, como en el resto del estado, bicicletas y triciclos sirven para trasladarse al trabajo y a la escuela, como medio de transporte público o para transportar mercancías y venderlas en la vía pública. Cualquier persona que haya crecido en una colonia popular tiene sembrada en su memoria la estampa del ir y venir de ciclistas o de comerciantes de comida instalados con sus triciclos a las puertas de las escuelas. Enamorados, familias, amigos y repartidores disfrutan de los beneficios de este vehículo de propulsión humana. Tampoco la modernidad está peleada con la bicicleta. Basta con observar a los repartidores que atraviesan la ciudad con su caja verde de conocida aplicación.

Es decir, los ciclistas no proliferarán porque al Gobierno del Estado se le ocurrió construir ciclovías, ya existen a pesar de que se han tardado en construirlas, el avance feroz de los automotores y de que Mérida es una ciudad que privilegia a estos últimos a costa de ciclistas y peatones. La necesidad de brindar mayor seguridad mediante ciclovías y ciclorrutas, es la respuesta a un amplio segmento de la población para el cual bicicletas y triciclos son parte de su vida cotidiana, segmento que podría crecer porque en la ciudad existen condiciones para su aceptación. Bicicletas y triciclos forman parte de nuestras prácticas sociales, imaginarios y paisajes.

Mérida ha sido y sigue siendo una ciudad bicicletera. Condición que, en lugar de avergonzarnos, debe ser vista como una oportunidad para resolver problemas que nos aquejan, empezando por los embotellamientos y el alto costo del transporte. Esta causa ha sido abrazada por organizaciones como Cicloturixes en Mérida, o Pueblo Bicicletero, en Monterrey. Si los turistas no pueden descender donde se acostumbraba, habrá que revisar las normas y hallar soluciones; si las ciclovías no fueron correctamente diseñadas, habrá que mejorarlas, pero, sobre todo, educarnos para respetarlas; si los trabajadores sudan yendo a su trabajo… ¿quién no suda yendo a su trabajo? Ah, sí, quien se transporta en vehículo particular con aire acondicionado.

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